PELEARLE AL ALZHEIMER

PELEARLE AL ALZHEIMER

“A este alemán de mierda que les esconde las cosas a los viejos”, como decía un amigo, lo conocí allá por el ’60. Aún no era famoso. No se sabía muy bien qué era, por qué agarraba, cómo funcionaba ni cómo tratarlo. Todavía hay cosas que no se saben. Pareciera ser que una manera de evitarlo es teniendo la cabeza ocupada en cosas interesantes, es decir, haciendo cálculos matemáticos, leyendo bueno libros, escribiendo, viendo buenas películas, escuchando buena música. Pero tampoco es infalible. La joda es que una vez que llega y se instala, hasta ahora, parece que no hay con qué darle. Se instala y se queda.

Algo que suena muy duro (aunque no sea mi intención serlo) es que si bien a todas las enfermedades (o casi todas, por las dudas) las sufre el enfermo y por extensión las padece también el entorno, en este caso el enfermo casi no la sufre (al menos así dicen y parece que).

El gran problema es que el entorno trata de luchar contra el alemán maldito sin poder aceptar que es una lucha perdida o, a lo sumo, una victoria pírrica.

Pero estamos tan acostumbrados a pelear, a no darnos por vencidos, a no decaer, no flaquear, pelear, pelear, hasta lo último… que podemos destruimos en el intento.

Aunque suene duro, con el Alzheimer no se pelea. Se convive. Nos guste o no. Así como con un niño autista, un minusválido, uno con habilidades o capacidades diferentes o como queramos denominarlo de acuerdo al criterio más adecuado al momento en que vivamos, al enfermo de Alzheimer, aunque suene a pleonasmo, debemos atenderlo brindándole atención. Nada más. O tanto como.

Con base en experiencias y observaciones recogidas en el tiempo, pareciera ser que lo más indicado podría ser: 1) Crearles un ámbito protegido en el que no pongan en peligro su salud e integridad física. 2) Hablarles si manifiestan interés de hacerlo, dejarles en paz si es lo que quieren y que duerman todo lo que se les cante. 3) Hablando de cantar, ponerles música clásica (Mozart, sobre todo), evitándoles estar expuestos a los ruidos molestos. 4) Ponerle humor a las cosas cotidianas. Sí, ya sé, resulta absurdo proponer ponerle humor a algo tan terrible. Pero si no fuese terrible no tendrías que ponerle nada.

El enfermo de Alzheimer se escapa del mundo. No quieras forzarlo a estar donde no está. Si te deja entrar, acompañalo un rato en su mundo. Si no te deja, dejalo en paz. En su mundo y, a su manera, es feliz.

Oscar Boubée

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