CREER ES UNA CUESTIÓN DE FE
Se puede creer en diversos dioses, en santos, en brujas, en la resurrección o la reencarnación o en lo que quieran, pero hay asuntos que no pasan por creer o no creer.
Yendo al grano, veamos el caso Nisman.
La serie del inglés Justin Webster, exhibida por Netflix, vuelve a poner al caso en la palestra.
Hay gente que cree que se mató. Otra que cree que lo mataron. Otra cree que lo mandaron a matar por una cosa, otra, por otra distinta.
Lo que se puede decir es que la serie de marras muestra, una vez más, quizás un poco más ordenada y condensadamente, lo mismo que vimos a los ponchazos desde el día en que murió, que, en definitivas, es lo más cierto de todo, salvo que un día aparezca haciéndonos pito catalán.
Quizás, si hubiese más lectores de Sherlock Holmes o Agatha Christie, habría muchas más teorías de las tantas que existen. Los argentinos somos mandados a hacer para andar fantaseando y difundir versiones basadas en que el amigo del primo de la novia del flaco de la otra cuadra, que es gendarme, dijo que… O que el tío del Pepe tiene la posta porque vive frente a la casa de la Fein y la ve todos los días.
Cada comentario que se agrega, versión que se adjunta, rumor que se difunde solo suma especulaciones y creencias.
Ni las unas ni las otras hacen a la justicia.
Ya no se trata de que haya que darles respuestas a los familiares de la AMIA para que las víctimas descansen en paz. Al final, eso también es una cuestión de creer, un asunto de fe.
Si bien hay muchas prioridades simultáneas que acucian, es imprescindible abocarse a lograr una justicia creíble, autónoma, eficiente y eficaz que dilucide la muerte del fiscal Alberto Nisman. Al igual que todos y cada uno de los casos que han generado culpables a influjos de medios parciales, opiniones personales y presunciones de culpas sin más validez que la simpatía, antipatía, aprecio o desprecio que los acusados puedan generar en unos u otros grupos humanos.
El pilar fundamental de los pueblos libres es la presunción de inocencia. Socavar este principio es derruir la libertad. Empecinados en imponer sus opiniones como si se tratase de un partido de cualquier juego competitivo, ciertos sectores de la sociedad, paradójicamente con representantes de uno y otro lado de las tendencias políticas, pretenden imponer sus opiniones más allá de los sustentos legales en los que deberían apoyarse con absoluto desprecio por el valor supremo de la justicia.
Si bien a la luz de los resultados pareciera que enaltecer a la justicia fuese una absurda Utopía, solo cuando se la logre rescatar del oprobioso status al que ha sido reducida permitirá recuperar de manera genuina y sustentable al país. No se trata de lograr un resultado político. La cuestión trasciende esas nimiedades del egoísmo humano. La recuperación de la justicia es un compromiso histórico que se le debe a la memoria de los padres de la patria, a la realidad de quienes soñamos con ella y al futuro que todos les debemos a las generaciones futuras.
A Nisman lo pueden haber matado la propia frustración al encontrarse con las mentiras de sus pretendidas verdades, como algunos señalan y la serie referida permite inferir; la mano negra de poderes ocultos más allá de los genuinos poderes que el mismo gobierno pudiera ostentar, como algunos adjudican a organizaciones internacionales con recursos ilimitados; personas directamente vinculadas al poder nacional con intereses espurios de alcances insospechables, como señalan otros conspiranoicos, o cualquiera de las tantas y cuantas teorías que circulan alocadamente por doquier. Dilucidarlo no le devolverá la vida al fiscal, pero sí podría permitir la resurrección de esa justicia que espera volver al sitial del que ha sido desplazada por los vanos intereses de una sociedad que se autofagocita.
Es tiempo de que se vuelva a poner a la justicia en su lugar.

Redaccion

Comentarios (0)
Comentarios de Facebook (0)