MÁS ALLÁ DE LA POLÍTICA
Sí, claro. Uno no está todo el día, todos los días. hablando solo de política ¡Por suerte!
Para quienes en los ‘60/’70 navegábamos en las no siempre claras aguas de las seducciones adolescente y un poco más, Serrat fue un cómplice eficiente y efectivo.
Su álbum Mediterráneo, por ejemplo, nos dio letra -¡mucha letra!- en esos tiempos donde las cosas eran un poco más complicadas que ahora ¿No sé si me explico? Ando despacito y con cuidado porque con estos cambios generacionales uno nunca sabe cuándo puede meter la pata y decir una imprudencia. Hay que ser prudente, vio.
La cuestión es que los sexigenarios y otros adultos expertos que compartimos esta segunda juventud, no podemos menos que recordar con singular emoción aquellos tiempos en los que el querido Nano nos damo una mano al momento de seducir.
Después vino Sabina. No por ser mucho más joven -que no lo es- sino porque su onda fue más ochentosa/noventosa. Época en la que el ya estaba mayorcito y muchos de nosotros también. ¡Pero coleando! ¡El y nosotros! Algunos, al menos.
Sabina y Serrat ya se reunieron para actuar juntos un par de veces antes. Y, ahora, lo volvieron a hacer en lo que con justa razón y no mucha creatividad dieron en llamar NO HAY DOS SIN TRES.
La primera presentación la hicieron el sábado 2 de noviembre pasado casi inaugurando el Buenos Aires / Movistar Arena (a decir verdad, la inauguración real la hizo Tini Stoessel el viernes 1, pero la trascendencia internacional se la dieron los gallegos).
La cuestión es que ese sábado en vez de media tomé una pastilla entera por las dudas y me sumergí, esta vez, en la emoción del reencuentro con los temas añorados de esa época ídem de la vida.
No voy a hacer una crítica artística del concierto porque no es esa la idea. Lo que motivó este escrito es, solamente, el deseo de referirme a los reencuentros cuando pasan los años. Y así como la rubia que nos tenía locos a los 18 hoy es esa señora que cruzamos en PAMI sin reconocer y que con cara de asombro y reproche nos dice “¡Cómo, ya no saludás!”, algo similar me pasó con Serrat y Sabina. Menos cambiados, reconocibles, sin cara de asombro y sin reproches, pero mostrando los años que se cargan y no solo evidentes en los rostros sino en la voz que no alcanza, la memoria con traiciones y algunas letras o tonos confundido, salidas y vueltas del escenario como en una escenografía armada, pero que sabemos requerimos para amortiguar el cansancio… así estaban ellos.
En las plateas, colmadas con un aforo que me dijeron de 15.000 personas, estábamos nosotros, los nostálgicos de entonces, pero, por esa cosa singular que tiene este trasvasamiento generacional, también se podían ver hijos, nietos y, en una de esas, hasta quizás bisnietos de algunos que, quien te dice, no inicio la progenie, justamente, por culpa de alguno de esos temas como Penélope, por ejemplo.
No sé si a todos les habrá pasado lo mismo, pero en mi caso en particular fue como encontrarme con dos viejos amigos, de esos que cada vez más van quedando menos y con quienes casi sin hablar nos recordamos mutuamente aquellas travesuras de adolescentes hasta que de repente aparece un nombre, la difumada imagen de un rostro añorado, y el sutil perfume aquel nunca más vuelto a oler y esa sonrisa y aquella mirada… En fin. Tenía razón el Nano con eso de las pequeñas cosas.
Oscar Boubée

Redaccion

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